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El blues del cd
ENRIQUE BLANC*

Todo lo que expreso a continuación lo hago de manera automática, como si mi cerebro estuviese enchufado con un cable usb a mi MacBook Pro: leo en mi bandeja de Hotmail que la revista Paste que se publica en Austin, Texas, pero que ya emigra a la red con total convicción de que su futuro está en ello, ahora tiene una novedad en su página de internet. Se trata del MPlayer, que te permite escuchar canciones en tiempo real y descargarlas, además de ver videoclips de los artistas que les interesan a sus editores: músicos anglófonos cuyas canciones pueden colgarse del árbol genealógico del blues, el folk, el rock. Sigo las instrucciones, me “muevo” por la red hacia su portal y descargo un archivo zip con siete canciones en formato mp3, una de ellas del disco más reciente de Jolie Holland, esa cantante estadounidense que tanto me gusta escuchar. Acto seguido, abro iTunes y agrego las canciones de un golpe. Sin reflexionar en lo absoluto sobre la operación que hago y que hoy en día repiten en sus casas millones de seres humanos, me dispongo a prestar el oído a mis nuevas adquisiciones virtuales y entonces hago un doble clic sobre la canción que lleva como título “All Those Girls”. Para todos los que hemos pasado los últimos 50 años sobre la faz de la tierra, el desarrollo de las tecnologías musicales nos ha llevado por un sinnúmero de artefactos y objetos que, en su momento, hemos aprendido a utilizar, pero también a querer, si así puede llamársele a la devoción con que los hemos atesorado. En casa de mi madre hay una vieja rockola, que en años de mi infancia vi trabajar y sonar como una maravilla que ya para entonces era considerada una antigüedad. Contaba mi padre que una tarde de infortunio, alguien llegó a querer darle cuerda y rompió su mecanismo; ese bárbaro que nunca falta y que seguro deseaba que los discos de 78 revoluciones con grabaciones de los grandes de la ópera como Enrico Carusso dejaran de sonar a favor de las melodías vulgares que brotaban con menos fidelidad en la radio. También tuve un encuentro con el 8-track. Mi padre tenía un reproductor en su Ford Mustang 67 y allí escuchaba a las figuras de la música pop menos comercial. Aún hay por ahí un puñado de cartuchos, como se les llamaba. Uno de Peter, Paul y Mary, marca Gamma, todavía tiene la etiqueta de compra: mi padre lo adquirió en Maxi por $87.95. Estos cartuchos quizá no eran tan comunes en los hogares, pero la radio trabajó con ellos por años, hasta la irrupción de las tecnologías digitales. Desde muy joven nació mi fetichismo por los elepés. En casa había una gran cantidad de ellos y mi padre los hacía sonar en tocadiscos sofisticados, no como esos que teníamos nosotros que más bien parecían desechables, con un brazo que brincaba a la menor imperfección del surco. A través de ellos conocí a Harry Belafonte, a Brenton Wood, a Bobby Darin y, más tarde, a Simon & Garfunkel, a Carole King, a Cat Stevens. De hecho, el primer elepé que adquirí con mi propio dinero fue Buddha and The Chocolate Box, el que Stevens sacó a la luz pública en 1974. Sin embargo, otra historia precedía mi destino atado a los muchos elepés que paulatinamente llegarían a mi discoteca personal. Tiene que ver con Highway 61 Revisited, que mi padre me obsequió luego de haberlo adquirido, pero no haber conectado con Bob Dylan, su poesía a ratos impenetrable y su voz nasal y desparpajada. Ese disco estaría ligado a mí a través de los años por razones que nunca llegué a entender. En 1988 me mudé a vivir a Los Ángeles. Lo que más tristeza me ocasionó fue distanciarme de aquel montón de acetatos que significaban algo así como el marco teórico de mi adolescencia y temprana juventud. Escucharlos me había hecho sanar las heridas de mis primeras decepciones amorosas. A su vez, en una extraña suma de ideas, yo había encontrado ciertas coordenadas sobre las cuales sustentar mis creencias y mi filosofía de vida. En otras palabras, siempre estuve de acuerdo con Bruce Springsteen con aquello de que “aprendimos más de un disco de tres minutos que de todo lo que nos enseñaron en la escuela”. En fin, me marché a California sin aquellos álbumes, muchos de los cuales yo había comprado en ediciones importadas, las que emanaban al abrirlas un profundo aroma a ginebra, en tiendas legendarias de Guadalajara, como La Manzana Verde y El Quinto Poder. Fue entonces que cambié al casete, por aquello de que reproducirlo era más práctico. Acepto que no era la mejor tecnología para almacenar y escuchar canciones, pero muchos hicimos de éste un objeto de culto, sobre todo porque allí era donde podíamos inventarnos los playlists más caprichosos, cosa que en la actualidad uno hace con total facilidad en cualquier iPod. Yo bautizaba los casetes que grababa y me gustaban las mezclas duras, es decir, colocar a Pachelbel antes de Dire Straits y después de Joan Manuel Serrat, en un afán de constatar que mi gusto era ecléctico. Pero los años de adquirir casetes en cadenas hoy extintas como Tower Records o Music Plus no duraron mucho, ya que el disco compacto, el cd, llegó con fuerza. Así, una tarde de diciembre de 1989 descubrí Rhino Records en la ciudad de Claremont, una tienda que manejaba una gran existencia de cds usados y nuevos y fue que adquirí el primero de todos, Deep, de Peter Murphy que entonces estaba en el estante de novedades. A partir de aquel día desarrollé una obsesión por ese objeto brillante que, aunque no tenía la impresionante fidelidad del acetato al ser frotado por una aguja, sí era más práctico almacenarlo y desplazarlo. Me inscribí en uno de esos clubes que enviaban doce discos compactos por un centavo, a cambio de que uno se comprometiera a comprar unos cuantos más y comencé a coleccionarlos con la misma pasión que mantuve por años hacia los elepés. Y es que, en ambos formatos, hay ese encanto que está ligado al objeto, a la ilustración de su tapa, a su diseño mismo. De entonces a la fecha no he podido renunciar al gozo que me representa tener un cd más en mis manos. Y, pese que ahora ensayo a menudo la rutina de descargar archivos mp3 porque el aire del presente me lo dicta, no estoy aún del todo seguro si ése es el futuro que deseo ver. Quizá sea por eso que lo hago de manera automática, sin la urgencia de otros días. Y no es que sea un purista, de cualquier manera el que ya me haya desligado de otros formatos en el pasado es señal inequívoca de que finalmente me adaptaré a lo que venga. Es sólo que duele como duele dejar todo aquello que, al menos por un instante, te hizo feliz en la vida.


Las oportunidades del músico
GILBERTO CERVANTES*

Ya decidiste que serás músico y que tu espíritu responde a la vocación única y privilegiada de un selecto grupo artístico… ¿y ahora qué sigue? Realidades El 96% del presupuesto que se gasta en escuelas de música gubernamentales es destinado para contratar a 4% de sus graduados como instrumentistas de cualquier departamento de música tradicional. No digo que todo lo “viejo” carezca de valor ni que lo nuevo sea mejor y ninguno de nosotros quiere abandonar las grandes tradiciones culturales y sociales del pasado tales como sinfonías, óperas, música de cámara y conciertos de piano, entre otras, lo que no queremos es confundir a los alumnos y de igual manera sobre-producirlos. Por un lado, sentimos la necesidad de subsidiar nuestras orquestas; abandonar las esperanzas de obtener un ingreso de vida como un artista de concierto en giras; competir con otros quinientos músicos por una posición en una orquesta profesional u obtener una posición en una compañía de ópera. Por otra parte, existen historias verídicas y alarmantes, como el caso de un instrumentista con un título de doctorado en piano, quien no fue capaz de completar su primera grabación pública porque no pudo leer los acordes cifrados, y el de una joven con maestría en educación –quien tuvo que confesar a sus alumnos de música–, nunca haber escuchado a James Brown: ambos músicos perdieron sus trabajos. Existe el cuestionamiento de por qué en las universidades se encuentran el Departamento de Música, la Escuela de Música o el Edificio de Música, pues un gran número de músicos se confunden y se desilusionan al saber que en su escuela no se les enseña a cantar un estilo de música popular, respetar la tradición del mariachi o tocar saxofón en el estilo del jazz, por citar algunos ejemplos. De igual manera, se desilusionan al saber que una escuela retiene a un profesor de violín que sólo tiene unos cuantos estudiantes; sin embargo, no se ofrece instrucción en guitarra eléctrica, bajo eléctrico, canto popular contemporáneo, saxofón o vibráfono, que son instrumentos verdaderamente populares en el mundo real. Por estas razones pregunto: ¿No creen que ya es tiempo para que los departamentos de música aprendan a distinguir los juicios con calidad musical de los de carácter estilístico? Los estilos no deben ser juzgados como buenos o malos o como validos o inválidos, pues dentro de cualquier estilo musical (incluyendo la música clásica europea) existen diversos niveles de calidad. Esto también nos hace cuestionar por qué los Departamentos de música esperan que los pianistas practiquen en pianos verticales, cuando en realidad ellos desean aprender a manipular un sintetizador Korg Motif, o un Fender Rhodes. Y muchos estudiantes, incluso las personas que no estudian música, tienen mejores equipos de sonido y facilidades de grabación en otras instancias que los que las universidades proveen en sus salones, estudios y bibliotecas, en donde realmente se necesitan para el análisis y el desarrollo de las clases. La música es sonido y si una escuela de música pretende ser tratada como tal, sus dirigentes deben preocuparse por la calidad de las herramientas que utiliza para la enseñanza. La calidad de un equipo sonido, por ejemplo, debe ser de la misma importancia que la calidad de instrumentos musicales que los profesores seleccionan para ellos y sus estudiantes. Oportunidades en los ya obsoletos parajes de la industria musical En los últimos años la palabra “industria musical” se ha asociado con los mecanismos de producción en serie de los productos vendibles del artista o creador. Como lo menciona el productor Gerry Rosado: “Prefiero creer en los actores relacionados con la música y no la industria”. La realidad es que necesitamos menos intermediarios y más cohesión entre el artista y su público. La tecnología ha permitido exponer nuestros trabajos y encontrar un eco en el público interesado, descubriendo día a día mecanismos que se están llevando a una plataforma común con la información aportada por la misma comunidad artística, logrando así acuerdos claros en torno a la manera de hacer y vender música. Sistemas culturales Un dato curioso y que me llamó la atención es cuando un alcalde intentó sabotear y desarticular el sistema de festivales “Al Parque” en la ciudad de Bogotá, Colombia. Fue la primera y última vez que alguien quiso arrebatarle un símbolo de unidad a una ciudad con un pasado fragmentado por violencia y desigualdad social. Acto seguido, 450 mil personas salieron a las calles a reclamar algo que ya les pertenecía, ¡una rebelión cultural para el propio gobierno! Con ese sistema y red de festivales no sólo se abrió una puerta para que la gente se apoderara de las calles, sino que inició un modelo de inclusión artística nacional a una internacional. En su plano cultural, Colombia goza en la actualidad de una infraestructura de modelo ejemplar no sólo por la enorme capacitación y talleres en el negocio de la música que los artistas reciben, sino por la culturalización genérica que recibe la ciudad. Sé que no puedo pensar en nada parecido en nuestro país hasta el día de hoy del lado institucional ni del perfil social del público, aunque se comienzan a ver claros aglutinamientos y puntos de convivencia profesional. Creo que la política cultural o las decisiones de como direccionar la cultura siguen siendo tarea muy alejada de lo que realmente vivimos en una comunidad de creadores ya cansada e inconforme con estos dogmas. Al final el colmo es que hasta la cultura es politizada. Inclusión de género versus interés Lamentablemente en nuestra ciudad no hemos logrado siquiera superar las políticas de inclusión de género, es por eso que proyectos tan únicos como Tónica GDL (consúltese www.tonicagdlac.com) tuvo que ser clausurado en su quinta edición por “falta de recursos” federales, estatales y municipales, pese a que ha demostrado la importancia que es ya para el entorno social, cultural y educativo en Guadalajara. Al mismo tiempo, las exclusiones de impuestos para la empresa privada que aporte recursos a proyectos culturales sigue siendo un mito y no una realidad, como en ee. uu. En México, si bien existe una taza de exclusión de impuestos para quien aporte apoyos monetarios hacia la asistencia social o cultural, ese apoyo de alguna manera le seguirá costando al donador, ya que las leyes tributarias aún no logran activar los mecanismos necesarios. Aunado a todo esto, existen los monopolios de poder o las competencias de la exclusividad en los medios, en los que su misión primordial es la difusión de la cultura; y ni hablar de los otros en los que la cultura realmente se manifiesta como entretenimiento. Están también los ya conocidos vetos por falta de regulación de permisos para poder hacer presentaciones en vías públicas o por haber tocado en determinado festival que es de la “competencia” cultural. La política socio-cultural Quiero insistir en una reflexión que he venido haciendo en torno a la música, y no sólo la que se refiere al espectáculo que algunos la engloban como cultura, sino aquella más profunda, que abarca aspectos de cambio a través de la acción, la que es fuente de desarrollo, la que proyecta  al ser humano, aquella que eleva la condición espiritual y conduce a un desarrollo integral de la personalidad que, a su vez, se refleja en inmensas ganancias intelectuales y afectivas, como la adquisición de principios de liderazgo; la enseñanza y la capacitación; el sentido de compromiso; generosidad, la dedicación y entrega a los demás; el aporte individual que ayuda a todos para lograr metas colectivas, aquellas que conducen al desarrollo del autoconcepto, de la autoestima, de la seguridad y de la confianza en sí mismo; ésa es la verdadera lucha contra la marginación y los complejos. La política cultural nacional debe, antes que nada, formar parte de la estrategia en el combate contra el narcotráfico. La promoción de alternativas de vida como la cultura es necesaria para prevenir la violencia y marginación; de no realizarlo, se seguirá malgastando el dinero de nuestros impuestos y sobre todo la propia descomposición del Estado.1 Así, el ser músico o elemento generador de cultura es sólo el inicio de un largo camino en el que se encuentran todo tipo alteraciones, algunas veces a favor y otras muchas en contra, y depende de nosotros como sociedad y como artistas aprovecharlas para propio beneficio de nuestro quehacer. Estoy seguro que la integridad o vocación única del ser saldrá siempre a flote pese a sus monstruosas contrapartes que la acechan.


Un casete de rock
GIANCARLO*

Hurgando, intentando encontrar mi Fabuloso Fred, entre mis cajas de huevo y Fab que hacen la función de contenedores de recuerdos y colecciones informales en el cuartito de atrás de mi casa, me topé con mis queridos y respetados discos de vinyl y casetes de mi primera juventud. ¡Chale!, casi lloro: mi afición por la música y la decisión de convertir a esta en mi modus vivendi es por culpa o gracias a estos contenedores de sensaciones. Ahí mero, y en muy buen estado, relucía Condition Critical de Quiet Riot, el primer disco que compramos entre mis hermanos y yo un domingo, con varo de nuestros domingos. Michael Jackson, Miguel Mateos y los Llena Tu Cabeza de Rock 84 y 85, entre muchos, cohabitan desde hace más de 25 años (ya sea con forma circular o rectangular) y sobreviven a las múltiples mudanzas de mi itinerante andar. Dentro de una cajita de plástico, y escrito con bolígrafo azul y negro, puedo leer: rock en inglés y español varios vol. 1, ¡tss!, una joya: un casete que contiene una selección mía que reúne (según yo, a los 17 años) a los representantes más significativos de este ¿género?: The Beatles, Wang Chung, Caifanes, Twisted Sister, Miguel Mateos, Neón, Alaska, Soda Stereo y unos cuantos más. No titubeé en correr a mi estereo, que tiene reproductor de casetes, y ponerle play. No se qué le pasó, sí funciona pero se oye más lento; no importó, lo escuché todo. En medio de mi éxtasis y viaje por el tiempo vino a mi cabeza esa pregunta que, en muchas ocasiones, ha sido causante de acaloradas discusiones con algunos amigos y algunos no tan amigos: ¿Es el rock un género musical, una forma de pensar y/o de actuar, o qué carajos es? Con ese soundtrack de fondo me senté a darle vueltas a tal reflexión. ¡Que el rock tiene guitarras distorsionadas, grandes baterías con múltiples platillos y platillazos, bajos eléctricos de cuatro, tres o dos cuerdas (porque de cinco ya es jazzero)! ¡Voces rudas o no tan rudas, pero eso sí, palabras altisonantes o historias que hablan de sexo, drogas, rebeldía o anarquía! ¡Melodías ni poperas ni cursis! ¡Imagen de malos, muy malos o medio malos!, siguiendo así crecería mucho la lista de etcéteras. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, aceptáramos la regla de que las guitarras deben tener distorsión? Tendríamos que sacar del mundo del rock muchos temas de Los Beatles y Dylan. ¿O aquello de lo de las baterías?, borraríamos a New Order y buena parte de Café Tacuba. ¿Bajo eléctrico?, adiós Chuck Berry y un aplauso para Molotov (tiene dos bajistas). En el tema de la voz y las letras, para empezar, borraríamos mucho de lo ochentero y noventero, incluyendo a nuestros queridos Ansia y Coda. ¿Imagen ruda? Poison fuera; Cinderella fuera; Fobia fuera; Aterciopelados fuera; y tendríamos, tristemente, que quitar a Blondie. Y, ¿la actitud rockera ha sido siempre la misma?; ¿podrían sentarse a convivir y platicar de lo mismo Mick Jagger, Luz Casals, Alice Cooper y alguno de los niños bonitos de Tokyo Hotel? ¿Podrían viajar en un mismo camión los güeros de Radiohead y los nunca bien ponderados en México Hocico? Pero por más inverosímil que parezca día a día encontramos composiciones de cualesquiera de las bandas mencionadas arriba dentro de programas o playlists de rock (como es el caso de mi de casete), y ¿qué las une?, ¿cuál será el elemento homogeneizador? Después de varias reuniones profesional-etílico-filosóficas y nocturnas, mi conclusión individual a este respecto es que el rock se conforma de bandas o solistas que buscan ser diferentes a lo establecido (o a la mayoría, ya que acaban casi siempre haciendo lo instituido por otros rockeros. Un tanto paradójico, ¿no?) y que cuentan historias, no exclusivamente de algo inteligente, sino de modo inteligente. Es entonces, pues, que a mi casete de rock, además de los ya multireconocidos y premiados iconos de siempre, sumaría a titanes como Los Tigres del Norte, Javier Solís, Intocable y Tin Tán, por sólo mencionar a algunos. ¡Queremos rooock!


Mike Laure o YouTube de pachanga con el homo chapalicus musicalis
HUGO MEDRANO*

–Ay, ay, ay, maestro, auxilio, ¡una araña!
–¿Dónde?
¡Ahí!
¿Y qué? ¿te picó?
No, pero me está mirando con unos ojos ¡horriiibles!


Genio musical Mike Laure: “este guey es un dios, un dios, me oyeronnn?” y “sólo puedo decir chingóoon!” Lo anterior son dos de la gran cantidad de opiniones registradas en YouTube en los videos del músico más destacado de la rivera de Chapala, lago de amor. Aunque la comparación más socorrida de Mike Laure con otros músicos ha sido con Bob Marley, en realidad se podría decir que también es como el Pérez Prado mexicano, el Jim Morrison, el John Lennon, nuestro Elvis Presley, el Chuck Berry, nuestro Tito Puente, el Bono-U2 o nuestro Bill Halley y sus cometas. No es exageración: los 76 elepés y las más de setecientas canciones así lo avalan. De la cenaduría de la esquina al mundo Los inicios musicales infantiles de Miguel Laure Rubio (1937-2000) se dieron allá, en El Salto, Jalisco, con su caja de Mazoro y de ahí se pasó a la cenaduría de don Octaviano, donde poco a poco fue adquiriendo el ritmo, el sentido de la melodía, la armonía, los tiempos, el tono, el acorde, la coda, el tarareo, el contrapunto, el uno, dos, tres del tundete, el a, b, c del solfeo, la amplitud de onda, la frecuencia y todo para poner en práctica la teoría del pájaro: seducir a las hembras con su canto. Sin embargo, no quedó contento con satisfacer y emocionar a las comensales de la cenaduría de la esquina de su casa, sino que de ahí de El Salto dio el “salto de rana” a Chapala como mozo del grupo de los Hermanos Ocampo, el grupo musical más famoso de su pueblo, donde subía y bajaba el piano. También ahí fue donde agarró el pulso de maraquero, que fue su primer puesto musical en el fraternal grupo salteño. Con ese grupo aprendió a traducir los sentimientos del lira australiana, esa ave que imita a todos sonidos que oye, pero también les pone de su propia cosecha con su estilo para darle su originalidad. Pero no sólo del ave lira aprendió, sino también empezó a despertar en él la yubarta dormida (esa ballena que canta las 24 horas del día y cuyas melodías duran hasta treinta minutos). Sí, ahí con los Hermanos Ocampo le dieron la oportunidad de que se pusiera el traje de pingüino, vistiera de pipa y guante, y tocara las maracas (la grave y la aguda), luego la batería, la guitarra y finalmente la hiciera de vocalista. Ahí empezó a entonar y madurar su espíritu de jilguero a tal grado que cuando se desintegró el grupo de los Hermanos Ocampo, él formó el grupo Montecarlo (donde hoy es el hotel de la Universidad de Guadalajara). Ahí, poco a poco se fue haciendo de buena fama en la rivera del lago más grande de México, y del Montecarlo pasó al Beer Garden, donde armó las mejores pachangas de las que se tenga memoria, allá por los años 1960. Ahí formó su grupo que tocaba música versátil; es decir, tocaba de todo para variar y complacer a todos los parroquianos y borrachos del bar más que restaurante. Ahí tocó música para bailar, para la paz, para enamorar y para reírse un buen rato el martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo de carnaval. Ahí, entre el jardín de las cervezas y el jardín de las delicias, con su música elevaba al cielo el espíritu de sus escuchas hacía que sus danzarines se sumergieran en sus ritmos a tal grado que salieran bailando a la calle y llegaran a sus casas como si todavía estuvieran en el Beer Garden y no pudieran parar sus pies ni en sueños. Si Ana Pavlova, Nijinsky, Alicia Alonso Rudolph Nureyev hubiesen ido al Beer Garden a escuchar a Mike Laure la historia del mundo, de todo el mundo, sería otra, sería diferente, es decir, mucho mejor de lo que es ahora. Ah, si Julio Cortázar hubiera ido al jardín de las cervezas y las delicias a oír “Tiburón a la vista”, “La cosecha de mujeres”, “Quiero amanecer”, o con que sólo hubiera oído “Qué linda secretaria es la que tiene usted, una igualita a ella quisiera yo tener…”, el cronopio mayor se hubiera levantado a bailar con tal ánimo de sacudir el polvo y zarandear la polilla que más tarde hubiera escrito “Instrucciones para bailar la música de Mike Laure y sus cometas”. Además, Rayuela se habría llamado La rajita de canela, y a su famosa clasificación humana de famas y esperanzas agregaría los mikelaureanos. ¡Sí señor! Si The Beatles hubieran venido, por accidente, digamos (en un día de parranda cualquiera como las que todos los músicos acostumbran tener), al Beer Garden a escuchar a Mike Laure, no sólo hubieran cantado “Bésame mucho” de Consuelito Velásquez (también jalisciense internacional), sino que también hubieran cantado “La cosa de Rosa” y “Grande de caderas”, y con eso hubiera sido suficiente para que todos los muchachos y muchachas de la Cavern de Liverpool hubieran iniciado el “Mike´s dance” y sus cavernícolas. Pero no, no vinieron y no escucharon a Mike Laure y sus cometas y eso fue suficiente para que Mike Laure no cantara “Help” ni “Yellow submarine” y la historia de la música sea los que es: The Beatles por allá con su “Lucy in the Sky with Diamonds” y Mike por acá en su Chapala. No saben de lo que se perdieron. Allá ellos. Pero los que sí no se perdieron la oportunidad de venir a escuchar a Mike Laure y sus cometas fueron The Doors, quienes cantaron, bailaron y disfrutaron de los éxitos del saltarín de El Salto a tal grado que una canción se les hizo tan pegajosa que se la llevaron ya ensayada desde aquí del Beer Garden y la grabaron en Gringolandia, y tuvo tanto éxito que los güeros, negros, negros, chinitos y chicanos no paraban de reír y cantar: No me moleste mosquito No me moleste mosquito No me moleste mosquito Why don’t you go home No me moleste mosquito Let me eat my burrito No me moleste mosquito Why don’t you go home… Sí, sin duda, Mike Laure saltó de El Salto al mundo. Como dice un joven en YouTube: “Tengo 20 años, esas rolas no son de mi época, obvio, pero a mi papá le agradan y las escucha. La neta están chingonas.” Éstas son algunas opiniones acerca de la música del auténtico y último homo chapalicus musicalis (con permiso de don Federico Solórzano). Una cerveza por Mike Laure y sus cometas Ah, cómo me hubiera gustado tomarme una cerveza con Miguel Laure Rubio, ese músico que un día desafió a sus críticos porque fusionaba rock y cumbia para gusto de su amable y danzante audiencia. Cómo me hubiera gustado tomarme otra cerveza nada más por el gusto de conocer al músico que hace que bajen a cantar los ángeles del cielo, y vengan y vayan las olas de Chapala, lago de amor. Cómo me hubiera gustado tomarme una tercera cerveza con quien dio más de cinco mil conciertos en todo el mundo y quien a causa de un dolor de muelas canceló un concierto donde el público, ya enardecido, amenazó con quemar el teatro. Cómo me hubiera gustado que al calor de esas cervezas me explicara el dime de la música del Rey de la cumbia que una tarde canceló su presentación a causa de un malestar y que esa cancelación fue en la antigua Plaza de Toros el Progreso (que estaba ubicada en la hoy Plaza Tapatía) y hubo tal indignación, rabia, desesperación y furia entre el público porque no escucharían ni bailarían con la música de su artista favorito que, en esa ocasión, hubo muertos y heridos entre la multitud. Pobre. Me hubiera gustado que al calor de esas cervezas, Mike Laure les diera unas clasecitas a los de Maná, Telefunka y Belanova para que aprendieran y se animaran a tocar música de la buena, de la que se va a quedar para siempre, de la que se queda en el corazón de la gente y ahí hace su nidito de amor. También me hubiera gustado que viviera para que, al calor de las cervezas, nos recordara que vivimos en mundo de colores, ritmos, tonos, olores, sabores, texturas, canciones, afectos, cariños, risas, bailes, emociones, obsesiones y pasiones que han hecho de su música algo infaltable en todas las fiestas y un inmortal de la cultura mexicana. Así pues, recomiendo que el día de la presentación de esta revista le hagamos un homenaje con un buen baile y cantemos sus canciones tan fuerte que nos oiga en el mismito cielo. En suma, con una última cerveza, brindo por todo un genio musical: Mike Laure.


El silencio de Sicilia
MARCO ANTONIO NUÑEZ BECERRA*

Discurso pronunciado por Marco Antonio Núñez, presidente de la feu, en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, con motivo de la primera entrega de la presea Corazón de León

“El sobreviviente”
Toda ausencia es atroz
y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos,
de las blancas raíces del pasado.
¿Hacia dónde volverse?;
¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?;
¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo?
¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco,
el vacío insondable de la ausencia?
Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria
y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.
Javier Sicilia


Volvernos hacia aquellos muertos que no deberían estarlo. Hacia los que quedaron atrapados entre políticos y criminales, bandos unidos por intereses mezquinos, por dinero, por poder; bandos que nos impusieron una guerra para distraernos del tiro de gracia que le dieron a la democracia. Una guerra en la que no somos parte de ningún bando, somos víctimas, números, estadísticas, sólo daños colaterales. La guerra a la que nos llevaron no es la nuestra, nosotros no queremos balas ni sangre, no queremos muerte. La guerra contra el crimen organizado no es una guerra contra el narco; nuestra guerra es otra, es contra la corrupción, las complicidades y las omisiones de políticos y gobiernos que, cuando nos dan hambre, ignorancia, pobreza y violencia, también son criminales. Se debe decir así, claro, porque Javier Sicilia, con cada paso, con cada camino andado, con sus palabras, con sus versos, con sus ojos tristes y su mirada imponente, con la sacudida que le ha dado a nuestros corazones, también nos ha enseñado que hay que volverse hacia los que siguen vivos, para honrar a nuestros muertos, porque como escribió San Agustín: “la vida que se perdió en los que mueren es muerte para los que siguen viviendo”. El corazón de Sicilia es más grande que su dolor, más grande que el odio, el hambre y la desigualdad que nos mata en las calles, que nos arranca la vida; su corazón es tan poderoso como las balas que nos parten el alma, que nos rompen el espíritu, que nos aniquilan la esperanza; su corazón es para muchos la energía que faltaba, la fuerza que canaliza la desesperación de un país que se cae a pedazos. Sus motivos son nuestros motivos, aunque no sean los mismos, aunque no sean iguales; su motivo es el que lo y nos tiene aquí: un país sin guerra, un país en paz, un país donde la vida no se apague de la nada, donde la protección de la vida sea el principio y el fin del Estado, donde la vida sea la raíz de todo, el principio de todo, el corazón de todo, en la vida late lo que somos, en ella habita la sonrisa de un niño, el abrazo del hermano, el beso del padre; en la vida habitan las palabras del poeta, el trazo del pintor y la música del universo, en la vida nace y crece el esplendor de la humanidad. Sus motivos son nuestros motivos, porque se trata de sentir y pensar al mismo tiempo y con la misma intensidad; de estar unidos en torno a objetivos sublimes (no hay nada más sublime que la vida misma) y poner un alto a cuestionamientos absurdos: jamás un abrazo ni la ofrenda de símbolos de fe, a quien se considera el enemigo, significarán ni una capitulación ni una derrota. El camino para salir de este infierno es el diálogo que nos lleve a la paz, a la dignidad, a la justicia y al amor, no al odio; ya Spinoza dijo que “el odio aumenta al ser correspondido”. En los sabios no hay cabida para el odio, en los poetas tampoco. El motivo de Javier Sicilia es el respeto a la vida y la lucha es contra la guerra, contra el sinsentido de la muerte; la lucha es contra el silencio, contra la indiferencia, contra el letargo. La lucha de Sicilia es nuestra lucha contra la corrupción, la impunidad, la violencia, la inconsciencia que también lo mata todo; la lucha es contra las balas, las armas, la sangre, contra aquellos que callan, ignoran o quien ignora que en un país así el dolor y la muerte nos va a alcanzar a todos. La lucha es por los que aún viven, por los que aún estamos vivos. Esta lucha hay que darla sin miedo en un país donde ya no hay honor, dignidad ni vergüenza. Ni políticos ni criminales tienen corazón. Por eso, todos nosotros tenemos que desaprender… desinstitucionalizarnos… dejar atrás la deshumanización que los poderosos han impregnado en todo: en los gobiernos, en los partidos, en la televisión, en la radio, en las escuelas. Tenemos que rechazar lo instituido, desaprender, como Iván Ilich, para construir un país con corazón. El objetivo es no acostumbrarnos a perder un hijo, un hermano, un amigo, un conocido, o un desconocido. Queremos amor, paz, dignidad, justicia, y a los gobiernos que no han sido capaces de otorgarlas les repetimos, con el corazón en la mano, las palabras que Sicilia tomó de Martí: “Si no pueden, renuncien”. “Es bueno todo lo que acaba bien”, decía Spinoza. Señor Sicilia, de corazón le digo que los mexicanos deseamos que su lucha acabe bien, porque su lucha es la de millones, porque su lucha está llena de esperanza y ésta, como sabemos, habita en el corazón, en su corazón, en nuestro corazón.