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El narcocorrido y la simulación
JUAN CARLOS REYNA*


El gobierno mexicano apoya prohibir los narcocorridos y los estados de Chihuahua y Sinaloa han comenzado a sancionar su interpretación. Nadie parece reconocer que la gente los escucha por nostalgia; paradójicamente, el narcocorrido nos recuerda que alguna vez estuvimos vivos. Los 40 mil cadáveres que ha provocado el gobierno de Calderón no son los únicos. La sociedad mexicana está en parte muerta: hemos muerto política y moralmente. La ciudadanía ha sido ejecutada mediante la corrupción generalizada de la sociedad. Ha sido asesinada en el fraude de nuestras instituciones políticas, policiacas, eclesiásticas y hasta del modelo mexicano familiar. Un México distinto se revela en el imaginario folclórico del narco que promueve la música grupera. En este México hay hombría, mujeres y dinero: pero es mera simulación. Ante ello el narcocorrido hace sentir a la gente más que viva; que en esta guerra absurda contra el narco siempre habrá la posibilidad de ser un héroe. La verdad es que se trata de un héroe de narcoficción. El narcocorrido devuelve a la vida y de paso invita a su público a hacerle coro al capo, a imaginar que “todos somos Chapo”. Para colmo, el narcocorrido supone que sus protagonistas no sólo han sobrevivido al descalabro mexicano, sino que además de impunidad ¡gozan de inmortalidad! En el sencillo Morir o existir, Gerardo Ortiz revive a Nacho Coronel... pero un Nacho Coronel poetizado. El narcocorrido promueve la mentira de que el narco es cuerpo presente: cuerpo hegemónico y piramidal, encabezado por el amo todo poderoso. Sin embargo, los cárteles no existen como tal. El narcotráfico es un virus multiplicado en miles de células en pugna. El descubrimiento de narcofosas revela que su realidad está constituida, más que por capos, por cuerpos que reclaman ser desenterrados. El narcotráfico mexicano no tiene definición, el narcocorrido sí, tanto que entre músicos se habla de dos tipos: el “con permiso” y el “sin permiso”. En el primero el artista pide autorización al narco para cantar sus hazañas. De esta manera, el artista retribuye su padrinazgo. Éste es el caso de muchos de los narcocorridos de la década de 1990, como los de Chalino Sánchez y El As de la Sierra. La mayoría de los corridos actuales no son autorizados, es decir, son compuestos a partir de rumores y amarillismo noticioso, pero esto parece no importar: un baile con intérpretes del género, como El Komander, reúne hasta 40 mil personas con boleto pagado. La industria musical sabe que el narco, como mito de sangre y fuego, reditúa. A la gente le gusta los narcocorridos por inseguridad: el narcocorrido hace visible lo invisible. Su público cree que son la meritita verdad, cuando hacen exactamente lo contrario: caracteriza burdamente un fenómeno que más bien no tiene forma. El Estado pretende hacernos creer que el narcocorrido invita al sicariato; lo prohibe porque no quiere reconocer que el sicariato es producto de décadas de corrupción. En narcotráfico en México es un organismo sin centro que crece hacia todas direcciones, una red caótica de núcleos independientes y a la vez conectados que un día se alían, otro se traicionan. El narco, como el Estado, está decapitado. La industria de la música grupera insiste que no es así. Y eso le conviene al Estado. Mientras todos (no sólo los músicos y procuradores, sino desde los autores de narconovela hasta los editores de la revista Forbes) muestren un rostro exagerado del narco, el Presidente podrá justificar su política belicosa. Entonces ¿por qué prohibir el narcocorrido si alimenta esta guerra perdida de antemano? Porque la prohibición es parte del show.

* Periodista, escritor y músico. Es cofundador de la Escuela de Artes Visuales soma con sede en la ciudad de México. Es autor de La(s) estética(s) de la mundialización y Confesión de un sicario (Grijalbo Mondadori).